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martes, 3 de junio de 2008

DDN (discado directo nacional)

Como muchos martes, llegué un poco más tarde al despacho. Ayer fui a ver el partido de mi compañera a Núñez y la vida se retrasa de una manera maravillosa.
Así que, de buen humor, pero ojerosa y con pocas migas abrí la puerta. Prendí la computadora. Abrí mi sesión. Empecé a ver los mails.
No salgo, todavía, a comprar un café cuando suena el teléfono.
Señora X de la costa: Hola, ¿Charo? Soy X, de la municipalidad. Te llamaba porque ayer me dijiste que tu compañero le iba a preguntar unas cosas a la Diputada y no me lamó
Yo: -No, claro, porque la diputada no debe haber pasado por acá. De todas formas, le dijimos que cuando supiéramos, la íbamos a llamar
SXDLC: Sí, claro, pero es que yo necesito saber. Porque no es lo mismo si viaja a las 6 que a las 7:15 porque en el segundo caso, deberíamos atrasar la entrevista con el-señor-importante. Y ¿no sabés si va a necesitar el hotel? De todas formas, averiguamos en la empresa El Cóndor, que es la que más horarios tiene -bien de idioscincracia argentina el chivo publicitario, como quien no quiere la cosa-. Porque ella no puede viajar el jueves a la noche, ¿no?
Yo:-Mire, le recuerdo que yo no soy quien le lleva la agenda personal a la diputada. Esas son cosas que maneja mi compañero, que trabaja con ella desde hace muchos años. Y no, no puede viajar el jueves a la noche porque hay sesión y no sabe a qué hora puede terminar. Déjeme pasarle el mensaje a
SXDLC: No, no, mirá, si tu compañero no va a la oficina
Yo: -Mi compañero viene, porque, sino, yo no me puedo ir a cursar, así que viene
SXDLC: -No, claro, pero si no va, ¿yo qué hago?
Yo: - Si no llega a venir mi compañero, señora, espera hasta mañana
SXDLC: - Yo no puedo esperar hasta mañana. Ah, si yo les mando a ustedes el ticket a la Casa del Mar del Plata (¡que no existe, es la Casa de Buenos Aires!), ¿ustedes lo pueden pasar a buscar? Es el ticket para convertir en pasaje
Yo: -Sí, no hay problema, pero el jueves se complica, realmente ver a la diputada, porque hay sesión
SXDLC: -Otro día no lo puedo mandar. ¿Sabés si va a necesitar el hotel? Porque ya lo reservamos, si ella dice que consigue hospedaje por su cuenta, se lo damos a otra persona, pero, sino...Ah,. eso, el viernes a la noche tiene prevista una cena, pero si ella quiere aprovechar para hacer visitas políticas, en ese caso, se podría pasar al mediodía del sábado, dependiendo del horario en el que quisiera viajar la diputada
Yo: -Señora, ya le dije, yo no puedo responderle eso porque no lo se. Trabajo acá desde abril. No manejo, por suerte, esa información. Por favor, espere a que llegue mi compañero, él la llama. Buenos días.

11:58hs suena el teléfono:
SXDLC: - Charo, soy X, ¿me pasás con tu compañero?
Yo: - Señora, le dije, mi compañero llega al mediodía
SXDLC: -¿No son las doce?
Yo:- Casi, pero no es tan estricto el horario. De todas formas, no se si la diputada pasa por acá antes de las tres
SXDLC: -¿Cómo? ¿Y yo qué hago?
Yo: - Y, espere, como habíamos quedado, el llamado
Me corta

13:30hs, otra vez suena el teléfono, otra vez, ella.

Realmente, ¿la gente no comprende lo que una le dice? ¿No pueden esperar el llamado? ¿No pueden respetar los límites?
Insufrible esta pobre señora

jueves, 8 de mayo de 2008

Cualquiera

Que me llamen y me digan "Disculpe señorita", "Hola, sí?", "Hola, podría darme un turno?", "Hola, Verónica? necesito hora con.." o cualquier fórmula por el estilo, bueh. Una lo tolera aunque venga con un tonito medio feo.
Pero que me llame una vieja de mierda y me diga:

-HOLA CHIIICAAA???? A VER PARA CUÁNDO ME DA TURNO.

No, es demasiado. De-ma-sia-do.

viernes, 2 de mayo de 2008

Gente que desata instintos asesinos

Imaginense sentados detrás del escritorio, una tranquila tarde de abril. Supongamos que son cerca de las cuatro de la tarde, y el "horario de oficina" se está haciendo tedioso y cansador, aún con una taza de café al lado, pero una está de buen humor, así que lo tolera.
Ahora, en este panorama que podríamos llamar amigable, introduzcamos dos teléfonos. Dos teléfonos con su respectiva línea cada uno. Dos teléfonos que no paran de sonar. El escenario se vuelve ligeramente hostil.
Ahora supongamos que ese escritorio donde nosotros pasamos la tarde pertenece a una sala de espera, en un consultorio. Y que, además, llega gente.
Entonces tenemos: un escritorio con nosotros atrás (y la consabida cara de recepcionista simpática y boba), dos teléfonos que suenan, un timbre que hace lo propio y gente que llega y quiere que una le tome los datos ya... como si no supieran que el doctor siempre, siempre, se atrasa mínimo una hora, y que por más que no anote edad-obra socia-teléfono no puede acelerar las agujas del reloj y hacerlos pasar antes.
Pero milagrosamente todo sigue tranquilo. Ninguna vieja olvidó su carnet, ninguna señora prepotente se quejó por la demora, el café está caliente. Todo parece avanzar sobre ruedas con una especie de viento en popa muy inusual pero muy grato.

Claro. Demasiado bueno para ser verdad. Una tarde de trabajo en paz no puede durar mucho.
Suena el timbre y entra Ella. Ella, la típica paciente mal humorada. Su cara lo dice todo. Es mala. Mala. Su mirada es asesina.
Pone su carnet y su orden encima del escritorio y nos mira desafiante. No le gusta perder un segundo de su valioso (?) tiempo.
Una mira el papelito y -por suerte- todo está en regla. Pasamos la credencial por el posnet (para los desentendidos, el posnet es una aparato del demonio, destinado a arruinar la vida de la secretaria: consta de un rollo de papel que se imprime cuando una ingresa ciertos códigos, pero casi nunca funciona.. mucho papel, o demasiado poco, hace que la tinta se agolpe en un solo sector, o no funciona, porque -sí sí, funciona vía telefónica- hay algún problema en la línea, etc) sacamos el papelucho impreso con tinta violeta tipo hematoma y le pedimos a Ella una firma.
Agarra la birome y nos mira, un poco enojada. Su personalidad prepotente no tolera estos simples trámites.
Y se desata el huracán:

yo: -Y tengo que cobrarte tres pesos...
(Ella salta como si le hubiesen pinchado el culo con un cactus)

Ella: -¿Cómo tres pesos?

yo: (con paciencia, al menos por ahora) -sí, este plan de tu obra social tiene un coseguro de tres pesos por sesión.

Ella: -No, es mentira (sí, tiene el tupé de tratarnos de mentirosas). A mi en la obra social no me dijeron nada de eso.

yo (todavía calma): -deben haberse olvidado, todos los pacientes pagan tres pesos cada vez que vienen, menos el plan platino. Vos no tenés plan platino (en esta fase, una da información inútil, que la persona que está en frente ya conoce, pero olvida o finge olvidar, con la esperanza de llegar a un acuerdo de modo pacífico; error: Ella jamás se rinde).

Ella (con toda su prepotencia a flor de piel): - A ver, mostrame un papel donde diga que tengo que pagar.

A estas alturas el ruido del teléfono está por producirme una úlcera, entraron ocho personas más que quieren que una le tome los datos y saben que las obras sociales tienen métodos ocultos que ellos desconocen y no les importa pagar tres pesos, pero que sí odian tener que esperar parados porque una idiota adelante se niega a lo innegable.
Eso, sin contar la pérdida de tiempo que es para mi agarrar la carpeta tamaño mamut que está en la repisa de la derecha y buscar esa lista, hecha a puño y letra por la Licenciada, donde explica qué hay que hacer con cada obra social, cuánto pagan por sesión y cada trámite burocrático uno por uno.

Le acerco, entonces, el libraco lleno de folios y le muestro el papel, donde dice cuánto paga cada obra social y cada detalle concerniente al caso.
Una cree que el problema se va a resolver en ese momento. No. Ella no se cansa tan fácilmente.
Que ese papel lo escribimos nosotras. Que cómo sabe ella que no es un invento nuestro para sacarle plata. Ella quiere ver un papel DE-VER-DAD.
Lógicamente una no maneja ese tipo de documentos, que son guardados quien sabe dónde, porque nadie los usa jamás, quedan archivados como testimonio de algún contrato armado con la gerencia de vaya una a saber que empresa, y ahora es inútil salvo como registro.
Lúcidamente, recuerdo que esa prepaga me mandó un mail ayer con eso valores. Intuyendo que va a ser inútil, pero sin perder del todo las esperanzas, abro la casilla del consultorio, busco el famoso correo y le muestro.
Tampoco. ¿No veo yo, pequeña sanguijuela descerebrada, que eso pude haberlo mandado yo para hacerle creer a Ella que tengo razón?

(Recordemos que en todo este larguísimo tiempo los teléfonos no pararon de sonar, y la gente no paró de entrar. O sea que después de media hora de discusión con Ella, llevo acumulados unos veinte mensajes que voy a tener que responder no sé cuando, y diez personas esperando impacientes)

Agotados todos los recursos, me dirijo al consultorio del fondo y le ruego a mi jefa que trate ella con semejante bicharraco.
Después de una larga charla (Ella no se contenta con hacerme perder el tiempo a mi, tiene que abarcar en su vorágine a quien sea que ose cruzarse en su camino) accede, enfurruñada, a pagar los mugrosos tres pesos.
Pero antes de irse me recuerda: -Mirá que quiero un recibo, eh.
Mientras escupe veneno por los ojos.












Otro día, más anécdotas sobre el tratamiento de este tipo de persona.