La atención al público le brinda a una la oportunidad de ver una inmensa cantidad de gente en poco tiempo. Este cuestionable privilegio hace que una pueda ir estableciendo determinados patrones que se repiten, una y otra vez. Sin lugar a dudas, mi mayor dolor de cabeza son los viejos. Es lamentable, pero con edad la gente va adquiriedo ideas y costumbres erróneas que es imposible erradicar. He aquí 10 motivos que me convencen de que nadie debería seguir viviendo después de los 55 años:
1- La gente grande piensa que la edad le da derechos per se. Creen que con solo ostentar arrugas una debe acceder a todos sus deseos y soportar estoicamente su prepotencia. Señor, señora, la edad no le da autoridad, solo canas.
2- La gente grande no escucha. No es culpa de ellos, pero sí negarse a usar audífonos y por lo tanto generar la irritación de las cuerdas vocales de las secretarias que debemeos poco menos que usar megáfono para explicarles por teléfono que el turno es el 18 a las 4 y no el 5 a las 18.
3- La gente grande no puede andar sola por la calle. Pero se empeñan en creer que sus facultades mentales se mantienen igual que cuando eran mozalbetes de veinte. La mente envejece a la par del cuerpo, por favor, pídanle a sus hijos/nietos que los acompañen si no van a entender nada de lo que se les diga.
4- La gente grande ve complots maléficos en todas partes. Que la secretaria les está escondiendo al médico, que la secretaria quiere cobrarles de más, que la secretaria no quiere hacer nada, que la secretaria tiene mala predisposición, que la secretaria va a pasar dos consultas en lugar de una, que la secretaria va a hacer pasar a alguien primero y los va a dejar esperando... ¡la secretaria sólo quiere trabajar sin ser molestada!
5- La gente grande no tiene filtro. Dicen cualquier cosa enfrente de cualquiera. Comentan sobre sus hemorroides en voz alta, se sacan los mocos, le preguntan a una si no pensó en maquillarse un poco, miran descaradamente por ventanas ajenas, se meten al consultorio sin ser llamados. Hasta pueden llegar a tirarse pedos y sonreir tímidamente, convencidos de que a su edad se les puede perdonar cualquier cosa.
6- La gente grande está aburrida. Y por lo tanto quieren charlar. No importa qué tan ocupada y desbordada de trabajo esté una, ellos siempre encontrarán que es el momento perfecto para contar sobre algún nietito, por qué el doctor es tan buena persona, cómo se le infectó la herida cuando le sacaron los puntos, cuánto pus salía y qué cara está la carne. Siempre, siempre, en el momento menos oportuno.
7- La gente grande no tiene noción del tiempo. Por eso llegan al consultorio una hora y media antes, nos arruinan el almuerzo, llaman y nunca dejan de hablar por teléfono aún sabiendo que estamos trabajando, y después se quejan si esperan 5 minutos. El tiempo de los viejos parece ser un reloj con propiedades muy elásticas.
8- A la gente grande solo le queda quejarse. Se quejan más que yo. En serio, es mucho eso. Y se quejan conmigo de cosas en las que yo no tengo injerencia. Por ejemplo, si tienen que hacer un trámite larguísimo para autorizar una orden en su obra social. Se quejan de que las revistas de la sala de espera son viejas. Se quejan del clima. Se quejan de todo. Si su vida es tan pestilente, ¿por qué no la terminan? Digo, para que paren de sufrir...
9- La gente grande piensa que el médico es Dios, o peor, que el médico es su amigo. Y que por eso tienen derecho a venir sin turno o a la hora que se les da la gana y además creen que si la comida la masticó primero el doctor, entonces es más nutritiva. Sin contar con que puede resolver cualquier problema, por eso le consultan sobre un úlcera estomacal aunque sea traumatólogo.
10- Los viejos son viejos. Por eso tienen mañas que no van a modificar. Ya es tarde para eso.
Mostrando entradas con la etiqueta Paciencia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Paciencia. Mostrar todas las entradas
martes, 28 de julio de 2009
sábado, 25 de abril de 2009
Ilusas
Una siempre cree que si llega quince minutitos antes va a poder tomarse una tacita de café en paz, mientras espera que se haga la hora fatídica en que empiezan a llegar. O que va poder leer y contestar mails, hacer un llamadito.
Pero no. Es la ley: así como basta que una se decida a ir al baño para que suenen el timbre y el teléfono (el timbre y el teléfono van juntos, como Tom y Jerry), también basta que una abra la puerta para que el primer paciente llegue media hora antes.
Entonces una va desarrollando estrategias pra protegerse. Por ejemplo, si el primer paciente tiene turno a las 9, no subo la persiana antes e las nueve menos diez. Ingenuamente, pienso que si ven todo cerrado, van a creer que no llegó nadie y van a esperar. Claro, lo que una no tiene en cuenta es que a la gente no le importa nada. Así sean las seis de la mañana, se cuelgan del timbre como si de eso dependiera su vida, taladrando nuestros aídos hasta hacerlos reventar.
Otra ilusión que tenemos: la gente va a recordar los favores que les hicimos. Esa vieja con dolor de rodilla a la que le dimos un sobreturno, la madre de ese nenito que empezó a trabajar y a la cual le conseguimos el horario que quería, o el señor que necesitaba hablar con el doctor y nosotras le pasamos el mensaje. Todos ellos van a reordar como sufrían y cómo nosotras nos apiadamos de su dolor y los ayudamos, y van a traducir su gratitud en un huevito de pascuas, unos bombones, no sé, algo. Qué ilusas... la gente es así, le das la mano y te agarra el codo. No hay manera: una semana le hacés un favor, a la semana siguiente quieren dos.
Por eso yo recomiento practicar en casa la mejor cara de perro. Cuando el timbre suena muy temprano, salir y decir: "Todavía estamos limpiando, perdón" y cerrar la puerta. Cuando pregunten: "No podrá ser...", responder prontamente "no, imposible". Y dejar bien en claro quien maneja los turnos. Son ellos o nosotras.
Pero no. Es la ley: así como basta que una se decida a ir al baño para que suenen el timbre y el teléfono (el timbre y el teléfono van juntos, como Tom y Jerry), también basta que una abra la puerta para que el primer paciente llegue media hora antes.
Entonces una va desarrollando estrategias pra protegerse. Por ejemplo, si el primer paciente tiene turno a las 9, no subo la persiana antes e las nueve menos diez. Ingenuamente, pienso que si ven todo cerrado, van a creer que no llegó nadie y van a esperar. Claro, lo que una no tiene en cuenta es que a la gente no le importa nada. Así sean las seis de la mañana, se cuelgan del timbre como si de eso dependiera su vida, taladrando nuestros aídos hasta hacerlos reventar.
Otra ilusión que tenemos: la gente va a recordar los favores que les hicimos. Esa vieja con dolor de rodilla a la que le dimos un sobreturno, la madre de ese nenito que empezó a trabajar y a la cual le conseguimos el horario que quería, o el señor que necesitaba hablar con el doctor y nosotras le pasamos el mensaje. Todos ellos van a reordar como sufrían y cómo nosotras nos apiadamos de su dolor y los ayudamos, y van a traducir su gratitud en un huevito de pascuas, unos bombones, no sé, algo. Qué ilusas... la gente es así, le das la mano y te agarra el codo. No hay manera: una semana le hacés un favor, a la semana siguiente quieren dos.
Por eso yo recomiento practicar en casa la mejor cara de perro. Cuando el timbre suena muy temprano, salir y decir: "Todavía estamos limpiando, perdón" y cerrar la puerta. Cuando pregunten: "No podrá ser...", responder prontamente "no, imposible". Y dejar bien en claro quien maneja los turnos. Son ellos o nosotras.
martes, 29 de abril de 2008
Demasiados datos para una mente tan pequeña
En inevitable. Una abre la puerta de la oficina, con la almohada todavía pegada a la cara y ve los números rojos del contestador: 11 mensajes nuevos. Situación que yo calificaría, como mínimo, de curiosa, porque es lunes a las 9 de la mañana, y el sábado nadie había llamado.
¿Habrá gente que piensa que atendemos los domingos? ¿O que piensa que abrimos a las seis y media de la mañana? ¿Nadie conoce el famoso "horario de oficina"?
Ok, digo, que esperen. Tengo derecho a, al menos, prender la luz, subir la persiana y poner a calentar el café.
Claro, no contaba con la inagotable insistencia de los susodichos: no termino de sacarme el abrigo, cuando escucho el fatídico sonido del teléfono.
De ahora en más, los protagonistas de esta escena serán: yo (yo) y la Persona Desquiciada Insoportable (PDI).
Yo: -Buenos días?
PDI: -Hooolaaaa síííí... quería saber qué días atiende la licenciada.
Yo: -Martes y jueves, por la tarde.
PDI: -Ahhhhh!!!!!.......... -(su diminuto cerebro trabaja unos instantes) - ¿Podría hablar con ella?
(recordemos que es lunes bien temprano)
Yo:-No, la licenciada no se encuentra. ¿Quiere dejarle algún mensaje?
PDI: -Ehhhh................ no, eh..... yo lo quería era... bueno, por un tema..... de..... porque a mi me deriva el Doctor Brusman... Brucman? Puede ser? -(sin dar tiempo a contestarle que se llama BUDMAN, DOCTOR BUDMAN, POR DIOS!!) - y el doctor Bruimans me dijo, claro, me recomendó.... tengo la órden, eh! -se ataja, se imagina que sin ese papelito no tengo por qué seguir escuchando- y me dijo que llame acá... me puede dar un turno, señorita?!
(Esta última frase la dice en tono enojado, como para que una no pueda quejarse de chachara inútil).
Yo:-Podría ser el jueves a las 17 horas.
PDI:-Ahh.. no, imposible. ¿El miércoles?
Yo:-No, la Licenciada viene martes y jueves por la tarde.
PDI:-Ahhhhh......... claro... lo que pasa es que yo trabajo, y no llego esos días desde el centro, porque además los trenes andan muy mal, y no puedo irme antes del trabajo (completese la frase con unos diez renglones de explicación que no me importa y que no cambian en absoluto la situación)... ¿no puede ser el viernes bien temprano?
Yo:-No, la Licenciada viene martes y jueves por la tarde.
PDI (imacientándose): -Bueno, pero ¿no puede ser el martes por la mañana?
Yo: -No, la Licenciada viene martes y jueves por la tarde.
PDI: -¿Y los sábados? ¿los domingos? ¿un lunes a las cuatro de la mañana?
Yo: -No, la licenciada viene...
¿Habrá gente que piensa que atendemos los domingos? ¿O que piensa que abrimos a las seis y media de la mañana? ¿Nadie conoce el famoso "horario de oficina"?
Ok, digo, que esperen. Tengo derecho a, al menos, prender la luz, subir la persiana y poner a calentar el café.
Claro, no contaba con la inagotable insistencia de los susodichos: no termino de sacarme el abrigo, cuando escucho el fatídico sonido del teléfono.
De ahora en más, los protagonistas de esta escena serán: yo (yo) y la Persona Desquiciada Insoportable (PDI).
Yo: -Buenos días?
PDI: -Hooolaaaa síííí... quería saber qué días atiende la licenciada.
Yo: -Martes y jueves, por la tarde.
PDI: -Ahhhhh!!!!!.......... -(su diminuto cerebro trabaja unos instantes) - ¿Podría hablar con ella?
(recordemos que es lunes bien temprano)
Yo:-No, la licenciada no se encuentra. ¿Quiere dejarle algún mensaje?
PDI: -Ehhhh................ no, eh..... yo lo quería era... bueno, por un tema..... de..... porque a mi me deriva el Doctor Brusman... Brucman? Puede ser? -(sin dar tiempo a contestarle que se llama BUDMAN, DOCTOR BUDMAN, POR DIOS!!) - y el doctor Bruimans me dijo, claro, me recomendó.... tengo la órden, eh! -se ataja, se imagina que sin ese papelito no tengo por qué seguir escuchando- y me dijo que llame acá... me puede dar un turno, señorita?!
(Esta última frase la dice en tono enojado, como para que una no pueda quejarse de chachara inútil).
Yo:-Podría ser el jueves a las 17 horas.
PDI:-Ahh.. no, imposible. ¿El miércoles?
Yo:-No, la Licenciada viene martes y jueves por la tarde.
PDI:-Ahhhhh......... claro... lo que pasa es que yo trabajo, y no llego esos días desde el centro, porque además los trenes andan muy mal, y no puedo irme antes del trabajo (completese la frase con unos diez renglones de explicación que no me importa y que no cambian en absoluto la situación)... ¿no puede ser el viernes bien temprano?
Yo:-No, la Licenciada viene martes y jueves por la tarde.
PDI (imacientándose): -Bueno, pero ¿no puede ser el martes por la mañana?
Yo: -No, la Licenciada viene martes y jueves por la tarde.
PDI: -¿Y los sábados? ¿los domingos? ¿un lunes a las cuatro de la mañana?
Yo: -No, la licenciada viene...
Suscribirse a:
Entradas (Atom)